Recreo
Cuando tenía 6 años, cursaba el último año del kinder, era lo que más me gustaba en ese entonces. Pero había una cosa que me preocupaba y era inevitable: al terminar dejaría de asistir al kinder Campanitas, que así se llamaba.
En las noches soñaba repetidamente que el cuarto en el que guardaban las cosas de intendencia lo convertían de la noche a la mañana en el salón de primero de primaria, y que después al terminar se convertiría en segundo y así sucesivamente.
Como es de esperarse eso no sucedió como en mi sueño. Así que inicié la primaria en otra escuela en septiembre del año siguiente.
El primer día me sentí más sola que nunca y lloré un poco a escondidas, no tenía amigos y no me gustaba para nada el uniforme. La escuela era muy grande, tenía banda de guerra.
Lo que más me gustaba era comprarme un boing de manzana para acompañar mi sándwich de huevo y aunque había un niño que decía que no le gustaba el olor y me daba pena, me sentaba en una banca amarilla justo a la orilla entre los juegos y el patio, donde miles de niños corrían y gritaban al mismo tiempo cuando sonaba la campana del fin del recreo.
El primer día me sentí más sola que nunca y lloré un poco a escondidas, no tenía amigos y no me gustaba para nada el uniforme. La escuela era muy grande, tenía banda de guerra.
Lo que más me gustaba era comprarme un boing de manzana para acompañar mi sándwich de huevo y aunque había un niño que decía que no le gustaba el olor y me daba pena, me sentaba en una banca amarilla justo a la orilla entre los juegos y el patio, donde miles de niños corrían y gritaban al mismo tiempo cuando sonaba la campana del fin del recreo.
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